Un secreto en el armario


Categoria: Fanfic Yaoi

Personajes: originales

ADVERTENCIA: sadomasoquismo

Abro los ojos para encontrarme con la mirada fija de esos iris azules, penetrantes.
Las gotas de sudor recorriendo su frente, pegando los mechones de su pelo mojado. Sus labios, rojos, húmedos, entreabiertos, dejan escapar suaves jadeos provocados por el placer, un placer abrumador, embriagador, que se esparce por el cuerpo embotando los sentidos, no dejándote sentir nada más que no sea el cuerpo del otro, el calor que este desprende, los gemidos que escapan de sus labios, las corrientes eléctricas recorriendo cada rincón del cuerpo.
O si más no para él.
A mi me falta algo.
Porque le quiero, le amo con todo mi ser, no cambiaría su compañía por nada del mundo, sin él mi vida no tendría sentido, pero mientras siento las rítmicas embestidas de él penetrando mi cuerpo me siento vacío, como si a esto le faltase algo, como si esto no fuese suficiente.
Y es que no lo es. Me excita, pero no hasta el punto de poderme quedar solo con esto.
De modo que cuando siento como se corre en mi interior, se desploma sobre mi cuerpo y se queda dormido con palabras dulces y algún que otro beso me levanto, abandonando la cama que ambos compartimos, insatisfecho.
Voy al baño y me despejo con agua fría, prohibiéndome a mi mismo hacer lo que deseo. No, esta noche no. Ya ha sido suficiente con la broma.
Pero al volver a la cama, y verle tendido, durmiendo tan profundamente, con este sueño tan relajado que tiene siempre después de acostarse conmigo, dudo. ¿Cómo se supone que voy a dormir así? Necesito desahogarme yo también.
Y aun así me niego. No, no volveré a hacerlo. Estoy decidido a que no se repita.
Así que me sorprende cuando, guiado por mis pasos inconscientes, me detengo frente al armario.
Ese armario de la habitación de invitados, ese que “siempre ha estado cerrado” ese armario “vacío y sin importancia”.
Al carajo todo. Lo necesito.
Cierro la puerta de la habitación nervioso pero con movimientos precisos, lo que hace la práctica, para luego dirigirme a la cómoda en el otro rincón de la habitación.
Del primer cajón saco una pequeña cajita de tela, de esas para guardar joyas. De debajo del lapicero una pequeña llave. Abro el joyero para descubrir una llave más grande. Llave que cojo para abrir el armario. Mi armario secreto.
Fue un golpe de suerte que un día la puerta se me desatrancase por error. De ahí a llamar al cerrajero para que le pusiera un pomo que solo yo pudiese abrir sin que mi novio se enterase solo fue un paso. Llenar el armario, cuestión de tiempo, y me sorprende que ahora me falte espacio. Me sorprende y me asusta.
Las puertas se abren, revelando mi pequeño tesoro.
Mi pequeño secreto.
No va a ser nada muy terrible, solo lo suficiente como para liberarme de toda la tensión acumulada, no necesito mucho…
Mis ojos se detienen en el látigo. El nuevo, el de tres tiras. Aun no lo he estrenado. ¿Por qué no? No es algo precisamente suave, pero me muero por probarlo. Tiene que ser tan… Estimulante.
Alargo el brazo para cogerlo, tomándolo casi con reverencia, acariciando el suave cuero de la empuñadura, deslizando entre mis dedos las finas tiras de piel trenzada.
Lo deseo, lo necesito. Solo será esto. Solo por esta noche. No hay para tanto…
Un movimiento de muñeca y el latigo silba en el aire, impactando contra mi muslo desnudo.
Ah… Ese dolor…
Lo hago de nuevo. Ahora con más fuerza. Otra vez el silbido y luego el golpe, casi cortante, de nuevo contra la parte exterior de mis muslos.
De nuevo. Ahora el golpe impacta en mi espalda. No es tan sensible, pero puedo imprimirle más fuerza.
Mmm… Qué bien se siente. El dolor… Me pone a cien. Me excita, hasta el punto de hacerse insoportable.
De nuevo. Cada vez más fuerte.
Otro impacto, y otro, ahora dirigidos a la parte interna de mis muslos.
Cuando una de las tiras impacta contra mi entrepierna desnuda no puedo reprimir un quejido de dolor, dolor que me provoca placer. Un placer indescriptible.
Suelto el látigo para buscar de nuevo en mi armario.
La mordaza de piel negra es exactamente lo que necesito. No puedo permitir que él me oiga. Y la mordaza lo hace todo más… Sensual…
Voy a coger de nuevo el látigo, pero veo de reojo otro de mis juguetitos.
Es muy radical, demasiado. Me costará ocultar las marcas, pero ahora no puedo ni pensar en eso, solo quiero sentir el dolor, el placer…
La tela, de tiras entretejidas con numerosos pinchos por ambos lados es mi tesoro más preciado. Me costó una pasta, pero no pude resistirme a comprarlo, igual que ahora no puedo resistirme a atar la tela alrededor de mi muslo y apretarla al máximo, sintiendo como todos y cada uno de los pinchos corta mi piel, penetrando mi interior y salpicando pequeñas gotas de sangre roja, que caen firmando hilillos por mi pierna.
Las rodillas me fallan. Caigo al suelo, arqueando todo mi cuerpo por el placer, retorciéndome en el duro suelo.
Siento el corazón bombeando al máximo. La excitación es demasiado. Siento mi miembro tieso, hinchado, palpitante, a punto para eyacular.
Aprieto con fuerza la base, deteniendo el orgasmo. Quiero más.
Siempre quiero más.
Ahora me basta con un simple cuchillo.
El frío metal contra mis pezones, el filo cortante deslizándose sobre mi piel, sin llegar a herirme. Frío, afilado.
Lo restrego contra mi cuerpo, con suavidad, bajando cada vez más, cada vez más…
El metal, plano, contra mi entrepierna, deslizándose por mi miembro, posándose, frío, sobre mi glande.
Frio. Dulce y cortantemente frío. Me detiene la respiración. No puedo más que jadear por el placer. Se siente tan… Frio.
Lo dejo quieto. Solo sintiendo el frío congelándome, tan distinto del calor que recorre todo mi cuerpo…
Eso es, calor. Necesito más calor.
En segundos tengo el mechero en mis manos. Aunque más que mechero casi parece un lanzallamas. Por eso me encanta. Una llama de hasta 10 cm, viva, danzante, ardiente. Acerco el cuchillo a la llama, dejándolo un rato calentándose.
Sigo jadeando impaciente. Necesito eso sobre mi piel. Mi miembro palpita necesitado de atención.
Finalmente retiro el metal de la llama y lo acerco a mi cuerpo. Lo dejo, plano, sobre la parte interna de mi muslo, bastante cerca de la rodilla.
Quema. ¡Arde!
Me retuerzo de dolor en el suelo, y subo un poco el cuchillo, acercándolo cada vez más a mi entrepierna. Y sigo subiendo, hasta tocar con la hoja ardiente mi hombría tiesa y erguida.
Tan caliente, tan peligroso…
¡Ah! ¡No lo aguanto más!!!
Lo separo de mi piel, alzándolo, casi lanzándolo, cortando mi antebrazo izquierdo en el movimiento. Ahora si lanzo el cuchillo al suelo, y cojo mi mano para succionar la sangre con ansias.
El sabor metálico. Salado, y dulce a la vez. Ta caliente, tan sensual…
Mi derecha echa mano de nuevo del látigo, golpeando con fuerza mi espalda desnuda. Mis muslos. Mi vientre. Ninguna parte de mi anatomía está a salvo de los golpes.
La sangre en mis labios, las heridas de mis muslos y mi brazo, los repetidos golpes sobre mi piel. Pero aun necesito más, no es suficiente.
Casi con desesperación me enredo entre las tiras del látigo, luchando luego para desatarme, rodando por el suelo dominado por la excitación y el desespero. Quiero desatarme, la sensación de estar atrapado me excita sombre manera. Me vengo, necesito correrme…
Me meto un dedo, retorciéndome en el suelo entre espasmos de placer, sin poder reprimir sonoros gemidos que la mordaza silencia.
Y aun necesito más.
Lo necesito ya. No llego.
En mi armario hay varios dildos, de diferentes formas y tamaños. Los necesito. Necesito tener algo dentro.
Las tiras de cuero me aprisionan. Mi cuerpo no me obedece. Solo se retuerce de placer, casi en éxtasis.
No llego.
Mis dedos se cierran sobre el mango del cuchillo con que me he cortado. ¿Por qué no?

Lo acerco a mi trasero y de un solo golpe meto el mango del arma en mi interior, como si fuese uno más de mis juguetes.

Me desgarra, me rompe. Se siente tan bien…

Lo muevo en mi interior. Rápido, rítmico, repetitivo, mientras mi cuerpo sigue enredándose entre las tiras de cuero, retorciéndose en el suelo por los espasmos de placer.
Mi pene, hinchado hasta resultar doloroso, roza en frío suelo a casa movimiento de mi cuerpo.
Llego al clímax, extasiado por tanto placer. El fuego recorre mis venas. Las descargas eléctricas sacuden mi sistema nervioso, provocándome espasmos y sacudidas de puro placer.
Y justo cuando estoy a punto de llegar al orgasmo, desatando por fin toda mi pasión y excitación acumuladas la puerta se abre, revelando el cuerpo desnudo y el rostro incrédulo de mi novio.
No, no puede ser, no ahora. Mierda.
De un tirón arranco el cuchillo de mi interior y lo lanzo lejos. No podía llegar en un momento peor… ¡Estaba a punto de correrme joder!!!
– Pero… ¿Qué…?
– Nngg… – estúpida mordaza.
Me retuerzo en el suelo para liberarme del agarre del látigo y con movimientos bruscos lanzo la mordaza lejos.
– Yo… Esto… Esto no… – ¡aish! Que puedo decir ahora. – Bueno, si es lo que parece pero…
No sé qué decir. Mierda… Él sigue mirándome fijamente, sin decir nada. Solo me mira, como esperando una explicación. Hasta que de repente las comisuras de sus labios suben, echa la cabeza hacia atrás y estalla en carcajadas.
Se ríe tanto que tiene que llevarse las manos al estomago y las rodillas se le doblan.
Vale, ahora no se qué está pasando… ¿De qué se ríe?
Siento que me suben los colores. Lo que me faltaba. Por suerte en la oscuridad no se ve. Por suerte tiene otras cosas en las que fijarse.
No, espera, creo que eso no es una suerte…
– Vaya, – se ríe aun – nunca me habías dicho que… Bueno, que te gustasen estas cosas.
– Em… Yo…
Se acerca, agachándose junto a mí para ayudarme a desenredarme las largas tiras del látigo que aun me rodean.
Y entonces se gira, y ve el armario. El armario lleno con todos mis juguetes.
– Wow, mas que gustarte pareces un adicto. ¿Por qué no me habías dicho nada?
– Bueno, no es algo que vayas contando por ahí… – respondo incómodo.
Sus ojos se clavan en mi, fijos.
– Soy tu novio ¿Sabes? Hace más de dos años que compartimos cama. No sabía que tuvieses secretos para mí.
Está enfadado, mierda. Él no tenía que enterarse.
– No… No es que sea un secreto… Es solo que… – ¡demonios! No sé cómo debo reaccionar. Me he puesto tan nervioso… – no sabía como contártelo… Es algo vergonzoso.
El no responde, no me mira. Solo murmura un simple “ya”.
Vuelve a mirar al interior del armario, estudiando su contenido.
¡Dios! Esto es demasiado vergonzoso, no puedo…
Entierro el rostro entre las manos, convirtiéndome en una bolita humana.
– ¿Qué es esto?
Levanto la cabeza, curioso. Me mira expectante mientras sujeta entre las manos otro de mis tesoros más preciados.
– Esto… Bueno… Son una especie de esposas… Se enredan en las muñecas y… El nudo es corredero para que la otra persona pueda tirar de ellas y apretar… Ni siquiera sé porque las compré, vaya una estupidez, son para 2 personas y claro, yo… – ¡Ay dios mío!!! Esto es una estupidez, completamente delirante. Giro la cabeza a todos lados, nervioso, incapaz de mirarle a él.
Finalmente y al no recibir respuesta vuelvo a mirarle. Él sigue con la vista fija en la pieza de cuero, con curiosidad.
Una idea cruza mi mente. Una idea delirante.
– Oye, quieres… ¿Quieres probarlas?
Ahora me mira, clavando en mí sus penetrantes ojos azules.
Vale, ha sido una tontería. Había que intentarlo.
– Bueno… em yo… a ti te gusta esto ¿no? y…
No puedo creerlo. ¿Está dudando? ¡Oh dios mío!!!
– O sea, es curiosidad más que nada, nunca he hecho nada como esto…
Está aceptando. Dios mío, está aceptando. ¿Es posible?
Y de repente me emociono, y miles de posibilidades se abren ante mí. Todo lo que siempre he deseado. No tener que esconder más esto, poder compartirlo con él, mi vida.
– ¿Lo harías? ¿Lo probarías conmigo? Por favor.
Hasta ahora no me había dado cuenta de cuánto deseo compartir esto con él.
Su cara es un poema. Duda, desde luego. No es algo muy normal, y menos para él, que es la persona más dulce y tierna que conozco, que tiene un corazón enorme y no soporta ver sufrir a la gente.
Ni siquiera se porque se lo he propuesto, esto no va con él.
Pero si va conmigo, y yo le quiero tanto…
Y ahora, después de haberlo imaginado, tengo unas ganas locas de hacer esto con él, de tener sexo de la forma que a mí me gusta. Disfrutarlo al máximo, con él.
– Porfa…
– Yo… No sé si… – él suspira, y aparta la mirada, sincerándose. – quiero hacerte feliz, amor, y veo que te gusta esto, pero… no sé si me atreveré. Sabes que no soporto hacerte daño.
Si es que es un amor… ¡aish!
– Pero… ¿si yo te lo pido? – me acerco aún más a él y le sonrió, coqueto, – piensa que lo haces por mi… – sigue dudando, evidentemente le molesta la idea de dañarme. Me acerco aún más y beso su cuello, susurrándole a la oreja. – Yo te guiaré, te diré qué hacer en cada momento, solo déjate llevar, haz lo que yo te diga…
Sigo besando su cuello y él cierra los ojos, disfrutando de mis caricias.
– Vamos… Hazlo por mí…
Me acerco aún más a él, pegando nuestros cuerpos, moviéndome para provocar que se rocen.
Un gemido escapa de sus labios y gira el rostro buscando los míos, ansioso por besarme.
Me aparto un poco, jugando.
– No no no. Vamos a hacerlo a mi manera…
Le sonrío pícaro, esperando alguna señal suya que me indique que acepta el juego, que puedo seguir.
Y finalmente él asiente, con un suspiro de resignación y una enorme sonrisa.
Y yo sonrió aun más, viendo cumplido mi deseo.
Ahora sí, beso sus labios con pasión, saboreando su boca y disfrutando del contacto con su lengua.
Mientras mis manos buscan a tientas las esposas que antes ha cogido él.
– Átame. – le ordeno.
Y él lo hace, obediente. Pone las tiras de cuero alrededor de mis muñecas y me coge en brazos cargándome hasta la pequeña cama en el centro de la habitación.
Me deja ahí, con sumo cuidado, para luego pasar las tiras de cuero por detrás de los barrotes del cabecero y tirar de ellas.
– Mas fuerte…
– Amor yo…
– Mas fuerte… – sigo insistiendo yo.
El dolor, la forma como el cuero aprieta mi piel, sumado a sentir su cuerpo sobre el mío, sus labios en mi cuello, nuestras erecciones rozándose, la visión de sus músculos trabajados mientras las esposas aprietan mis muñecas… Si, ahora está todo. Ahora me siento completo.
– Eso… Lo de mi pierna… – consigo decirle entre jadeos. – ¿Ves la tira de pinchos?
El levanta la cabeza y mira adonde yo le indico, pero al ver la tela de tiras entretejidas con pinchos que aun llevo puesta frunce el ceño. Disgustado.
– Apriétalo…
– No creo que…
– Hazlo.
– Hay demasiada sangre.
– Pues bébetela.
Joder, ¿Por qué le habré dicho eso? ¡No puedo decirle eso! ¡No a él!!! Tiene unos límites, y a este paso va a hartarse de mí.
Respiro hondo e intento calmarme, tranquilizándome para decirle que retiro lo dicho, que no es necesario que lo haga.
Pero antes de que una sola palabra llegue a salir de mi boca siento sus manos en mi muslo, desatando la tela para apartarla con cuidado. Y luego su lengua resiguiendo las heridas. Lamiendo cada una de las punciones.
¡Oh si…! Eso es, ahí… ah… como me pone… ¡Ah! ¡Dios! Su lengua… Que placer tan indescriptible… Si hubiese sabido que podía sentir tantas cosas se lo hubiese pedido antes.
Un suave cosquilleo sube por mi muslo, recorriendo todo mi cuerpo, encendiendo mi deseo y provocándome una excitación como nunca antes.
No puedo evitar los gemidos que escapan de mis labios sin control. No puedo controlar mi cuerpo que se retuerce de placer bajo sus fuertes brazos. No puedo detener mis manos cuando, moviéndose solas, se posan sobre su cabeza y le empujan, provocándole a actuar con más fuerza.
Sus lamidas se transforman en succiones, mis gemidos en auténticos gritos de placer. Puedo sentir sus dientes sobre mi piel herida. Mi sangre escapando de mi cuerpo para entrar en su boca y mezclarse con su saliva.
El cosquilleo aumenta, chispas eléctricas recorren todo mi cuerpo, hay fuego en mis venas.
– ¡Más! ¡Más! – le pido a gritos.
– ¿Que deseas ahora?
Jadeo con fuerza, más excitado que nunca, incapaz de pensar.
Él espera mi respuesta besando mi pecho con cariño.
– El látigo, el corto. – consigo decir al fin.
Y él se levanta, alejándose de mí, dispuesto a cumplir mi orden.
– ¿Este?
No lo sé. No lo veo. ¿Qué más da?
– Si.
¿Qué coño me importa que maldito látigo sea? solo quiero sentirlo, sentirte…
Llega junto a mi y se sienta sobre mi cuerpo. Yo me giro, aun atado y jadeando, con mi cuerpo ardiente cubierto en sudor, ofreciéndole mi espalda.
– Vamos… Hazlo…
No aguanto más… Apresúrate, voy a estallar…
Siento varios golpes contra mi espalda. Las numerosas tiras del látigo impactando contra mi piel.
– ¡Más fuerte! – otro golpe, más potente que el anterior. – ¡Más! – y obedece de nuevo. – ¡¡¡MÁS!!!
Y esta vez consigue arrancarme un profundo grito de dolor. Mi cuerpo se sacude, demasiado excitado, demasiado necesitado de más.
– Sigue… ¡Ah! Más… Abajo… ¡AH! Ahí… Más fuerte… ¡¡¡AHH!!!
Mi voz, cada vez más aguda por la excitación desgarra el silencio de la habitación
El silbido, el chasquido, mi grito. El mismo sonido una vez y otra.
– Más… Más…
Y el cumple todas mis órdenes, satisfaciéndome, hacerme sentir en el cielo, con el calor mas infernal y el sentimiento de lujuria más potente que he experimentado hasta ahora…
– ¡Ya! Déjalo… – le detengo al fin. – quiero sentirte… A ti… Dentro.
– Voy a por… – se levanta.
– ¡NO! – ordeno. – ¡AHORA! ¡¡¡YA!!!
Y al fin le siento. Grande, hinchado, abriéndose paso dolorosamente en mi interior. Duele, Duele horrores, me rompe. Quiero más.
Inmediatamente muevo mis caderas, provocándole a hacer lo mismo, pronto ambos nos movemos uno contra el otro, sincronizadamente, profundizando las bruscas embestidas a cada movimiento.
Tiro de las correas de las esposas y se las muestro, indicándole que tire de ellas. Y de nuevo obedece, con más fuerza que antes, apretando el cuero contra mi piel, destrozando mis muñecas.
– ¡AH!!! ¡MÁS!!! ¡AHÍ!!!
Cuando siento como alcanza lo más hondo de mi interior ya no puedo dejar de gritar. Me muevo con más fuerza aún. Más brusco, más rápido.
– Pégame.
– ¿Qué…?
Se detiene.
– ¡¡¡QUE ME PEGUES!!!
Pero yo no dejo de moverme. No puedo dejarlo ahora, no puedo dejar de sentir. Y finalmente siento que se mueve de nuevo, y su palma abierta contra mis nalgas.
– ¡Ahí!!! ¡Más!!!
Ahora ya no ordeno, suplico, porque necesito correrme de una vez, ya no aguanto más la excitación, es doloroso…
Y entonces siento su mano en mi entrepierna. No me había tocado hasta ahora. Y me aprieta, me aprieta con fuerza. Impidiéndome una vez más terminar.
¡LO NECESITO!!!
– Aún no… Yo no estoy…
Me suelto de las muñecas, le aparto y salto hacia atrás. Girándome. Y le ataco, inmovilizando sus manos con las mías junto a los barrotes de la cama.
Me siento sobre él, acogiéndole de nuevo en mi interior, moviéndome otra vez de forma brusca y apasionada, siendo yo ahora el que lleva el ritmo.
Pero no aguantaré mucho más. Las chispas ya resultan insoportables, el fuego me abrasa, y mi erección palpita, dolorosa hasta límites insospechados. Ya no puedo aguantarlo más.
Clavo las uñas en su pecho, obligándome a mi mismo a aguantar un poco más, moviéndome cada vez con más fuerza para llevarle conmigo al orgasmo.
Nuestros cuerpos chocan, nuestros gemidos se entremezclan, nuestras manos recorren con avidez la piel del otro.
Hasta que finalmente siento su semilla invadir mi interior, su esencia llenándome, su excitación fluyendo hacia mí.
Y al fin me dejo ir. El blanco líquido escapa de mí y se esparce por nuestros cuerpos, llevándose con él toda mi energía.
Caigo sobre su cuerpo, sintiendo aun los violentos espasmos y el placer del potente orgasmo. Respiro hondo, jadeo, me remuevo intentando relajarme.
¡Dios! Que potencia… Nunca había sentido nada igual… Tardaré un rato en poder reaccionar…
Pero siento sus brazos envolviéndome, protectores.
Ahora vuelve a ser el chico protector y cariñoso de siempre, pero antes, durante unos segundos, se ha transformado en la bestia sádica que yo necesito, que me ha hecho sentir todo esto y que, espero, pueble mis sueños a partir de ahora.

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Acerca de ShirokoToKuroko Fanfics

Somos... Otakus, k-popers, fujoshis, y... bueno, no vamos a poner el resto aquí! XD vale, vale... nos encanta leer y escribir, mirar animes y doramas, dibujar, escuchar música y fangirlear a tope!!!! y si, estamos locas! ^^

Publicado el agosto 31, 2012 en Others y etiquetado en , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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