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ACTION: Capítulo 14

action14

Categoria: Fanfic Yaoi

Personajes: Nu’est (grupo K-POP) RenMinhyunAaron, JR y Baekho

(Cada personaje narra en un color diferente.)

Antes que nada, agradecer a nuestros lectores la infinita paciencia que habéis tenido con nuestra “pequeña” pausa que se nos ha ido de las manos, no era nuestra intención tardar tanto pero las tres estamos hasta el cuello de trabajo (sobretodo Shiroko y Aoiko, Kuroko es mas feliz xD).

Así que gracias a todos y en especial a nuestras unnies depravadas y a @Fool9thstreet y @Alex_ 4563 por su enorme apoyo.

Esperamos poder publicar seguido y no tener que hacer otra pausa y si al final es inevitable… culpad a nuestros estudios, nos esforzaremos al máximo y esperamos que os siga gustando y no decepcionaros!

Y ahora si, Action is back..

 

Capítulo decimocuarto

 

– Guardias… En la sala 5…

Corre. Corre. Corre. Corre. ¡CORRE!!!
No puede ser, no pueden estar allí. No. No. ¡NO!
Mientras corro sin aliento por los pasillos blancos me doy cuenta de que todo ha sido una trampa. Han sabido donde estábamos en cada momento. Nos han distraído para separarnos, para masacrarnos uno a uno.
No pueden defenderse solos, no tal y como están. Ren. Ren. Ren. Espérame… por favor…
Más rápido. No llegamos. Ah, desesperante, ¿Por qué mis piernas no se mueven más rápido? ¿Por qué estamos tan lejos? No llegaremos a tiempo…
Aron se adelanta. Es mucho más rápido que yo. Él sí puede alcanzarles. Distraerles. Pero no sabe dónde va.
– ¡Seis cruces y todo recto a la izquierda! ¡Pasillo 14 B!
Levanta la mano en respuesta y acelera aún más.
Le pierdo de vista. Me siento tan inútil… No puedo respirar, mi costado duele pero no me detengo. No puedo. Como lleguen antes de que les alcancemos… No quiero ni pensarlo. Ren, Ren, ¡REN!

Corro tan rápido como puedo, siguiendo las indicaciones de Baekho. Soy muy rápido pero no me parece suficiente. Tengo que llegar a tiempo, tengo que salvarles.
Giro la esquina y al fin los veo. Doce guardias demasiado cerca de la antigua sala cinco, demasiado cerca de Min. He llegado a tiempo, debo detenerlos. Tengo que alejarlos de aquí.
Sigo corriendo hacia ellos sin disminuir la velocidad. Cojo la porra eléctrica de mi traje de guardia y al pasar a su lado golpeo a dos. Uno cae, inconsciente. No me detengo, me alejo por el otro lado del pasillo y compruebo que tres me siguen. Perfecto, los llevaré tan lejos como pueda.

Quedan ocho. Dos se quedan con el que ha caído y los demás siguen adelante. Me desvío y consigo evitar a esos tres, persiguiendo directamente a los seis que van hacia la sala cinco. Seis. ¿Qué voy a hacer solo contra seis? No pienses, solo corre. Y están tan cerca… Apenas unos metros, y ellos ni saben nada… No, no, no, deteneos. ¡DETENEOS!
– ¡¡¡AHHHHHHHHHHHH!!!

Sigo avanzando a menor velocidad para asegurarme de que puedan seguirme. Giro esquinas, cruzo pasillos, hasta que me parece que estamos suficientemente lejos para que no le hagan daño a Min.
Entonces decido enfrentarme a ellos.
Me detengo y me giro de golpe. Se sorprenden, no se lo esperaban. Levanto la porra en alto y ataco con todas mis fuerzas al que va delante. Le golpeo en la cabeza y él se desploma al suelo. Mi porra ha quedado manchada de sangre, su máscara se ha resquebrajado y bajo su cabeza se forma un charco rojizo.
¡No, otra vez no! ¡Me prometí a mi mismo que controlaría mi fuerza! No quería que volviera a pasar esto…
De repente algo impacta contra mi espalda. Siento el golpe y una descarga eléctrica recorriendo mi cuerpo. Duele, quema. La porra me resbala de las manos y yo caigo al suelo. No debí bajar la guardia, no hay tiempo de lamentaciones ahora. Si no acabo con ellos van a acabar conmigo.
El guardia se me acerca y vuelve a levantar la porra para golpearme. No voy a permitírselo. Aún desde el suelo le doy una patada a la espinilla, usando la fuerza que me otorga mi poder. Su pierna se rompe, puedo ver el hueso salir a través de la piel. Cae al suelo con un grito y se retuerce de dolor. Ha perdido la porra y no parece en condiciones de atacarme de nuevo. Uno menos.
Oigo un disparo a mi espalda. E inmediatamente después siento la bala atravesar mi piel, abriéndose paso entre mis carnes. Y me invade una ola de intenso dolor.

Me levanto para recibirles pero no hay nadie abriendo la puerta. Se ha abierto sola. ¿Qué coño…? Y de repente un grito de una voz demasiado conocida. Baekho. Corro fuera de la sala y le veo. Gritando, usando su poder al máximo y rodeado de 6 guardias que le apuntan con sus pistolas sin conseguir disparar. Mierda, no puede controlarlos a todos. Tengo que hacer algo. No voy a permitir que estos hijos de puta le hagan daño.
Miro dentro de la sala y veo un enorme trozo de madera que todavía no hemos quemado, perfecto. Lo cojo y salgo corriendo hacia la batalla.

¿Qué está pasando? ¿Qué hace la rubia con un trozo de madera? Oigo a Baekho gritando desde el pasillo. Esto no pinta bien.

Me separo de JR y me levanto con dificultad. Camino tan rápido como puedo hacia la puerta, estamos en peligro y tengo que ayudarles. Y al llegar veo los seis guardias. Joder, son más de los que esperaba.
Me apoyo contra la pared del pasillo para sostenerme de pie. He intentado usar mis poderes para luchar pero es inútil. Estoy demasiado agotado y necesito comer algo. Creo que agoté todas las fuerzas que me quedaban para utilizarlos encendiendo el fuego de antes…

No, mas guardias no. Me duele la cabeza, se me cierran los ojos, mi cuerpo arde.
No pienses en eso, corre y ve allí a luchar con tus compañeros. ¿Acaso tengo otra opción? Les sigo, temblando.

No puedo, no consigo controlarles a todos. Cada vez estoy más cansado.
Uno se libera de mi control. Ataca a Ren. No, Ren no. Grito con más fuerza intentando detenerle. Le agarro, y los demás consiguen liberarse. Mierda. Vuelvo a centrar el control, mantenerles a todos.
Los gritos de Ren llaman mi atención. Golpea con fuerza a un guardia caído. Dejo de sujetarle, Ren ya está a salvo.
Me golpean en el hombro. El dolor me ciega un instante, pero reacciono. Grito con más fuerza y vuelvo a poner los cinco sentidos en sujetarles.
– ¡Baekho! ¡Pásame una pistola! – me llama Min. Como que puedo hacerlo…

Un guardia me encara y le ataco con el trozo de madera. ¡Toma esa gilipollas! Le golpeo una y otra vez en la cabeza hasta que la madera podrida se rompe. Joder, vaya mierda. Pues con las manos.
Le doy un puñetazo en el estomago, el chaleco es más duro de lo que pensaba y me hago daño en la mano pero el monstruo de la máscara blanca cae al suelo. Bueno, pues a patadas.
Le doy una vez y otra, en el pecho, en el estómago, en la máscara, descargando mi odio por todas las veces que me han pegado sin que yo pudiera defenderme, por intentar atacar a Baekho, por mis compañeros, por nuestras familias…hasta que ya no se mueve. ¡Jódete imbécil! La sangre le cae por debajo de la máscara. Joder… ¿Le…he matado?
No tengo mucho tiempo para pensar, me giro cuando oigo el grito de Min.
– ¡Baekho! ¡Pásame una pistola!!!
Baek le ignora.
– ¡BAEKHO!
– No puedo…
Un guardia se le acerca. ¡Quieto ahí! Baek vuelve a gritar, el guardia se detiene.
Busco con mi mirada una pistola y veo una cerca de mis pies, debe ser de mi guarida. La cojo y se la tiro a Minhyun. ¡Espero que sepa disparar de verdad!

Cojo con fuerza la pistola que me ha pasado Ren. En mi estado, casi sin poder moverme, creo que es la única forma que tengo para luchar.
Apunto a los guardias, inmovilizados por el poder de Baekho. Están un poco lejos pero tengo buena puntería. Mi padre me enseñó a disparar, esto va a ser fácil.
Ni siquiera me planteo dónde dispararle. Instintivamente apunto a la cabeza del que tengo más cerca. Así es como siempre me lo han enseñado.
Y aprieto el gatillo. Un instante después veo un agujero en su cabeza y un charco de sangre debajo de sus pies. Ya no forceja para librarse del poder de Baekho. Ya no se mueve. Sólo se mantiene de pie porque el poder de Baekho lo sujeta.

Oigo el disparo, y siento el peso del guardia que cae. Me giro, le veo, con la máscara destrozada por el disparo. Bañado en sangre que gotea de entre los pedazos de mascara.
Aparto la mirada reprimiendo las arcadas. Y en ese instante los otros cuatro escapan de mi agarre.
¡No! ¡Quietos!!! ¡Volved aquí!!!
Imposible, demasiado lejos, demasiado cansado. Mis parpados se cierran…

Me agacho para coger la porra del guardia intentando no mirar la sangre que se acumula, creo que será mucho más efectiva que un trozo de madera. Apenas he conseguido liberar la porra del cinturón del guardia cuando Baekho pierde el control de los otros, ¡mierda! Me levanto de golpe, uno de ellos se gira apuntándome y le doy en la mano. Le cae la pistola al suelo. ¡Toma ya!
Antes de que pueda volver a darle saca su porra y me da en el brazo. ¡Joder que daño! Consigo no soltar el arma con el golpe y me aparto un poco. Nos miramos unos segundos hasta que el ataca, apunta a mi estomago y bajo mi porra para interceptarlo pero cambia de dirección en el último momento. Va a por mi cabeza, ¡cabrón! Me aparto pero no suficientemente rápido y me da en la frente lo suficiente fuerte para que salga sangre. Ahora vas a ver… Tan rápido como puedo le doy en el brazo con toda mi fuerza pero se aparta y pierdo el equilibrio. Me da en toda la espalda y noto la corriente eléctrica que me recorre. Grito de dolor “BAEKHO!” y caigo de rodillas.

A través de mis ojos nublados veo a alguien que se acerca a mí. Lleva traje de guardia, espero que de verdad sea uno de ellos. Me aparto, me mareo y caigo al suelo. El guardia se abalanza hacia mí, con el arma en alto. En alguna parte de mi mente embotada me pregunto porque nos atacan con las porras teniendo pistolas ¿Seguirán queriendo capturarnos vivos?
Ruedo sobre mi mismo para esquivarle, pero no soy muy ágil ahora mismo. Me alcanza en el costado y, aunque el acolchado amortigua el golpe, al instante siento la corriente eléctrica recorriendo mi cuerpo. Quema, me paraliza, por unos instantes solo siento mi cuerpo ya magullado siendo víctima de los espasmos.
No, no puedes dejarte dominar. Tienes que luchar, ¡no puedes rendirte aun! Abro los ojos y clavo mi vista en él. Ya no veo borroso, tengo muy claro lo que tengo delante, una máscara blanca, impoluta, marca de todo lo que odio. Alzo mi brazo hacia él, me quito el guante y agarro su brazo, activando mi poder.
El guardia cae, desplomándose a mi lado. Me siento cansado, todo da vueltas. Se me cierran los ojos y me dejo arrastrar por la oscuridad.

Los guardias ya pueden volver a moverse. Mierda, Baekho está débil y su poder ya no es suficiente para sujetarlos. Apunto hacia uno de ellos y le disparo sin dudar. Esquiva la bala, es muy rápido ahora que ha recuperado toda su libertad de movimientos. Y echa a correr hacia mí. ¡Joder, no podré esquivarle! Le apunto. Cada vez está más cerca. Tengo que ser rápido. Va a matarme.
Disparo. Me ve las intenciones y se aparta. Pero no es suficientemente rápido. Cae al suelo. Le he dado en la pierna. ¡Bien! Así no podrá atacarme.
Me mira con odio, coge su pistola y me apunta. Mierda. Yo le apunto con la mía. Tengo que dispararle, sino me matará. Aprieto el gatillo.
CHAK
No. No tengo balas. Joder, ¿qué hago? No, no, no… No te desesperes Min, ante todo mantén la calma… Creo que no se ha dado cuenta, yo finjo seguir apuntándole. Parece que no se decide a dispararme. Si lo hace estoy muerto.

Un guardia me encara. Me apunta. Grito, no para que se detenga, le giro la mano y le obligo a dispararse a sí mismo, en el cuello. Le estalla la cabeza. No mires Baek. Siguiente.
Ren me llama. Tengo que ayudarle. Grito. No me sale la voz. Corro hacia allí. Agarro, al guardia, con mis manos. Rodeo su cuello con los brazos. Presiono. Ren golpea. Y siento como deja de respirar…
Suelto al guardia. Miro a Ren. Solo veo sangre.
– Rennie…

Susurra mi nombre mientras me mira fijamente, acariciando mi mejilla llena de sangre por el corte de la cabeza. Me alegra tanto ver que está bien…. Pero algo interrumpe nuestro momento. Minhyun. Se apuntan con el guardia mutuamente sin llegar a disparar ¿¿Por qué no dispara?? No puede ser que no tenga balas ¿¡verdad?!
De repente el guardia sonríe. Mierda, si ha llegado a la misma conclusión que yo…
Aparto la mano de Baekho y salto en dirección al guardia con la porra en la mano.
Salto encima suyo y antes de que pueda reaccionar le doy con toda mi fuerza en la cabeza. Cae con un golpe sordo en el suelo, en medio de un charco de sangre.
¡Bien! Ahora me siento un poco menos inútil. Me giro para asegurarme que Min este bien pero Baekho grita antes de que pueda decir nada.
– ¡GUARDIAS!

Dos nuevos guardias. Min me pide un arma. ¿Y yo que sé donde hay una pistola? Expando la mente, nunca me había costado tanto, encuentro una y se la lanzo, con las manos, mi poder no funciona.
Y oigo el disparo, y siento el dolor, y todo se vuelve oscuro…

Le tira una pistola y Min la coge. Me giro y veo a dos guardias delante de Baekho. No. No. No.
Antes de que pueda moverme uno dispara y Baekho cae. No. Baekho no. NO. NO ES JUSTO.
Está muerto. Muerto.
Os matare.
Corro. De frente. No importa nada. Os matare. Con mis propias manos. Os matare. Aunque muera en el intento. Si no está Baekho ya no importa. Muertos. Os matare.

¡Mierda, aún quedan dos! ¡Y yo sin balas, joder!
Baekho se apresura a pasarme una pistola. Genial. Tengo que cargármelos.
Pero antes de que pueda hacer nada uno le dispara a Baekho. Y él cae al suelo. ¡No! ¿Está muerto?
No tengo tiempo, van a matarnos a todos. Apunto a ese guarda y me dispongo a apretar el gatillo. Pero antes de que pueda hacerlo Ren sale corriendo en dirección a los guardias y se pone en medio de la trayectoria que debe seguir mi bala. No puedo disparar, voy a darle a la rubia.
¿Pero qué hace? Corre en plan suicida y gritando como un poseso. No sabe lo que se hace, está en shock por lo de Baekho, no podrá ganarlos así. ¡Van a cargárselo, maldita sea! ¿Qué puedo hacer?

Algo me tira al suelo. Caigo de cara. Duele. Oigo dos disparos y los guardias
caen. Muertos. Me levanto lentamente y alguien me grita.
– ¿ESTAS LOCO? ¿ACASO QUIERES QUE TE MATEN?
Baekho. No, Baekho está muerto ¿verdad? Me giro pero allí esta. De pie. Gritándome. Vivo.

Oigo la voz de Baekho, que usa su poder para tirar a Ren al suelo con un grito. En cuanto él cae yo aprovecho para disparar a los dos guardias. Les doy a la primera, un disparo para cada uno. Ambos caen, y no creo que puedan volver a levantarse. Nunca más. Se acabó…

Me acerco a él lentamente. Necesito tocarle, asegurarme que está vivo. Que está bien.
Le acaricio la cara suavemente. Tengo miedo que desaparezca en cualquier momento. Que solo sea una mala jugada de mi mente. Pero no, es real, está bien.
– Baekho… 

– ¡No vuelas a hacer algo así! – he estado a punto de perderle… – ¿es que quieres que te maten? – cuando ha salido corriendo hacia ellos…
– Estás bien… yo… pensaba… que estabas muerto…
Le tiembla la voz…
¿Muerto? Cierto, la bala… ¿debería estar muerto? siento dolor, pero es más como un golpe… El chaleco me ha protegido, ha detenido la bala.
Siento en mi rostro los dedos fríos de Ren. Acaricia mi mejilla con suavidad, mis ojos, mis labios… Lleva su otra mano también a mi cara y me coge con fuerza, como si quisiera asegurarse de que estoy ahí. Yo le acaricio también, sus dulces facciones, de las que ya me he enamorado. He estado a punto de perderle. No puedo borrar de mi mente ese momento en que le he visto correr, desarmado, hacia el enemigo. Pero está vivo. Herido, pero vivo.
Le abrazo, rodeando con fuerza sus hombros. Que fácil encaja entre mis brazos, que cómodo es estar así. 

¡Buf! ¡Suerte que a Baekho no le ha pasado nada! Él y Ren están hechos polvo, pero siguen vivos. Yo también he salido bastante bien parado de esto y JR… bueno, creo que como mínimo respira. No quedan guardias en condiciones de atacarnos, y parece que no van a venir más. De momento hemos salido de ésta.
Pero… no todos. ¿Y Aron? ¿Dónde está Aron? Cuando he salido al pasillo he visto que no estaba con Baekho, pero no he tenido tiempo de darle demasiadas vueltas. Pensé que aparecería para ayudarnos… pero no lo ha hecho. Aron nunca nos dejaría tirados si sabe que estamos en peligro. ¿Por qué no ha venido? ¿Dónde está? ¡¿Dónde está, joder?!
Miro a ambos lados del pasillo, esperando verle aparecer por algún lado. Vendrá, sé que vendrá, sé que no me dejará. ¿Por qué no aparece? Sé que en cualquier momento le veré girar la esquina y correr hacia mí para abrazarme. Me dirá que se alegra de que esté bien, que siente haber tardado tanto. Lo hará, claro que lo hará. Vamos, ¿qué está haciendo? ¿Dónde está?
¡Aron! ¡Maldita sea! ¡Ven, por favor! Estás bien, ¿verdad? No te ha pasado nada, ¿verdad que no? Por favor… Por favor dime que estás bien…
Se me humedecen los ojos y mi cuerpo tiembla. Sólo con la idea de que pueda haberle pasado algo. ¿Y si es verdad? ¿Y si no vuelve? ¿Y si le ha pasado algo? ¡No, joder! ¡No lo soportaría!
– Baekho…
No me responde. Está demasiado entretenido con Ren.
– ¡¡¡BAEKHO!!!
Grito con todas mis fuerzas y ambos se giran asustados.
– ¿Qué…?
– ¿Dónde está Aron?
– ¿Aron?

¿Donde está Aron? se fue con tres guardas. Debería haber vuelto… Fuerzo mi mente a abrirse, a buscarle. Imposible, duele, y pesa, mi cuerpo pesa… Estoy agotado. 

Clavo la mirada en Baekho, él desvía los ojos para no mirarme. ¿Por qué? Luego habla en un susurro.
– Yo… no lo sé.
No puedo más. Me acerco a él tan rápido como me permite mi cuerpo, le cojo por la por la ropa, le sacudo con fuerza y le grito.
– ¡¿Qué no lo sabes?! Estaba contigo, ¡claro que lo sabes! ¡Tienes que saberlo! ¡Baekho! ¡Dime dónde está Aron! ¡¿DÓNDE ESTÁ ARON, JODER?!

Cada grito se clava en mi mente. No puedo pensar. ¿Cómo voy a buscarle?
– ¡No lo sé! ¡De verdad que no lo sé!
Me duele la cabeza, no me sale la voz, me escuecen los ojos. Vamos Baek, haz un esfuerzo, ¿donde está Aron? Búscale, no puede estar lejos…
Pero mi mente se cierra, se niega a abrirse, y como más lo intento más duele.
Dejadme en paz… 

Minhyun no para de gritar, entiendo que este preocupado por Aron pero… ¡Joder! ¡Baekho no puede más! ¡Está agotado! ¡Lleva mucho tiempo usando su poder al máximo! ¡¿¿Es que no lo ve??! Aun así lo intenta, ¡a este paso va a colapsar en mis brazos de un momento a otro! ¡Para ya!
– ¡Déjale en paz! ¡¿No ves que está agotado?!

Ren me coge de forma brusca y me aparta de Baekho. Me empuja y yo no consigo sostenerme de pie y me caigo al suelo. Me quedo allí, incapaz de levantarme. Las lágrimas empiezan a brotar de mis ojos como inmensas cataratas. No consigo parar de llorar, y tiemblo. Porque tengo miedo, mucho miedo. De no volver a verlo, de que le haya pasado algo. Deseo volver a sentir sus abrazos, sus ojos clavados en mí, su dulce voz gritando mi nombre…
– Aron… ¡¡¡ARON!!!

SHIROKO KUROKO AOIKO

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Un secreto en el armario

Categoria: Fanfic Yaoi

Personajes: originales

ADVERTENCIA: sadomasoquismo

Abro los ojos para encontrarme con la mirada fija de esos iris azules, penetrantes.
Las gotas de sudor recorriendo su frente, pegando los mechones de su pelo mojado. Sus labios, rojos, húmedos, entreabiertos, dejan escapar suaves jadeos provocados por el placer, un placer abrumador, embriagador, que se esparce por el cuerpo embotando los sentidos, no dejándote sentir nada más que no sea el cuerpo del otro, el calor que este desprende, los gemidos que escapan de sus labios, las corrientes eléctricas recorriendo cada rincón del cuerpo.
O si más no para él.
A mi me falta algo.
Porque le quiero, le amo con todo mi ser, no cambiaría su compañía por nada del mundo, sin él mi vida no tendría sentido, pero mientras siento las rítmicas embestidas de él penetrando mi cuerpo me siento vacío, como si a esto le faltase algo, como si esto no fuese suficiente.
Y es que no lo es. Me excita, pero no hasta el punto de poderme quedar solo con esto.
De modo que cuando siento como se corre en mi interior, se desploma sobre mi cuerpo y se queda dormido con palabras dulces y algún que otro beso me levanto, abandonando la cama que ambos compartimos, insatisfecho.
Voy al baño y me despejo con agua fría, prohibiéndome a mi mismo hacer lo que deseo. No, esta noche no. Ya ha sido suficiente con la broma.
Pero al volver a la cama, y verle tendido, durmiendo tan profundamente, con este sueño tan relajado que tiene siempre después de acostarse conmigo, dudo. ¿Cómo se supone que voy a dormir así? Necesito desahogarme yo también.
Y aun así me niego. No, no volveré a hacerlo. Estoy decidido a que no se repita.
Así que me sorprende cuando, guiado por mis pasos inconscientes, me detengo frente al armario.
Ese armario de la habitación de invitados, ese que “siempre ha estado cerrado” ese armario “vacío y sin importancia”.
Al carajo todo. Lo necesito.
Cierro la puerta de la habitación nervioso pero con movimientos precisos, lo que hace la práctica, para luego dirigirme a la cómoda en el otro rincón de la habitación.
Del primer cajón saco una pequeña cajita de tela, de esas para guardar joyas. De debajo del lapicero una pequeña llave. Abro el joyero para descubrir una llave más grande. Llave que cojo para abrir el armario. Mi armario secreto.
Fue un golpe de suerte que un día la puerta se me desatrancase por error. De ahí a llamar al cerrajero para que le pusiera un pomo que solo yo pudiese abrir sin que mi novio se enterase solo fue un paso. Llenar el armario, cuestión de tiempo, y me sorprende que ahora me falte espacio. Me sorprende y me asusta.
Las puertas se abren, revelando mi pequeño tesoro.
Mi pequeño secreto.
No va a ser nada muy terrible, solo lo suficiente como para liberarme de toda la tensión acumulada, no necesito mucho…
Mis ojos se detienen en el látigo. El nuevo, el de tres tiras. Aun no lo he estrenado. ¿Por qué no? No es algo precisamente suave, pero me muero por probarlo. Tiene que ser tan… Estimulante.
Alargo el brazo para cogerlo, tomándolo casi con reverencia, acariciando el suave cuero de la empuñadura, deslizando entre mis dedos las finas tiras de piel trenzada.
Lo deseo, lo necesito. Solo será esto. Solo por esta noche. No hay para tanto…
Un movimiento de muñeca y el latigo silba en el aire, impactando contra mi muslo desnudo.
Ah… Ese dolor…
Lo hago de nuevo. Ahora con más fuerza. Otra vez el silbido y luego el golpe, casi cortante, de nuevo contra la parte exterior de mis muslos.
De nuevo. Ahora el golpe impacta en mi espalda. No es tan sensible, pero puedo imprimirle más fuerza.
Mmm… Qué bien se siente. El dolor… Me pone a cien. Me excita, hasta el punto de hacerse insoportable.
De nuevo. Cada vez más fuerte.
Otro impacto, y otro, ahora dirigidos a la parte interna de mis muslos.
Cuando una de las tiras impacta contra mi entrepierna desnuda no puedo reprimir un quejido de dolor, dolor que me provoca placer. Un placer indescriptible.
Suelto el látigo para buscar de nuevo en mi armario.
La mordaza de piel negra es exactamente lo que necesito. No puedo permitir que él me oiga. Y la mordaza lo hace todo más… Sensual…
Voy a coger de nuevo el látigo, pero veo de reojo otro de mis juguetitos.
Es muy radical, demasiado. Me costará ocultar las marcas, pero ahora no puedo ni pensar en eso, solo quiero sentir el dolor, el placer…
La tela, de tiras entretejidas con numerosos pinchos por ambos lados es mi tesoro más preciado. Me costó una pasta, pero no pude resistirme a comprarlo, igual que ahora no puedo resistirme a atar la tela alrededor de mi muslo y apretarla al máximo, sintiendo como todos y cada uno de los pinchos corta mi piel, penetrando mi interior y salpicando pequeñas gotas de sangre roja, que caen firmando hilillos por mi pierna.
Las rodillas me fallan. Caigo al suelo, arqueando todo mi cuerpo por el placer, retorciéndome en el duro suelo.
Siento el corazón bombeando al máximo. La excitación es demasiado. Siento mi miembro tieso, hinchado, palpitante, a punto para eyacular.
Aprieto con fuerza la base, deteniendo el orgasmo. Quiero más.
Siempre quiero más.
Ahora me basta con un simple cuchillo.
El frío metal contra mis pezones, el filo cortante deslizándose sobre mi piel, sin llegar a herirme. Frío, afilado.
Lo restrego contra mi cuerpo, con suavidad, bajando cada vez más, cada vez más…
El metal, plano, contra mi entrepierna, deslizándose por mi miembro, posándose, frío, sobre mi glande.
Frio. Dulce y cortantemente frío. Me detiene la respiración. No puedo más que jadear por el placer. Se siente tan… Frio.
Lo dejo quieto. Solo sintiendo el frío congelándome, tan distinto del calor que recorre todo mi cuerpo…
Eso es, calor. Necesito más calor.
En segundos tengo el mechero en mis manos. Aunque más que mechero casi parece un lanzallamas. Por eso me encanta. Una llama de hasta 10 cm, viva, danzante, ardiente. Acerco el cuchillo a la llama, dejándolo un rato calentándose.
Sigo jadeando impaciente. Necesito eso sobre mi piel. Mi miembro palpita necesitado de atención.
Finalmente retiro el metal de la llama y lo acerco a mi cuerpo. Lo dejo, plano, sobre la parte interna de mi muslo, bastante cerca de la rodilla.
Quema. ¡Arde!
Me retuerzo de dolor en el suelo, y subo un poco el cuchillo, acercándolo cada vez más a mi entrepierna. Y sigo subiendo, hasta tocar con la hoja ardiente mi hombría tiesa y erguida.
Tan caliente, tan peligroso…
¡Ah! ¡No lo aguanto más!!!
Lo separo de mi piel, alzándolo, casi lanzándolo, cortando mi antebrazo izquierdo en el movimiento. Ahora si lanzo el cuchillo al suelo, y cojo mi mano para succionar la sangre con ansias.
El sabor metálico. Salado, y dulce a la vez. Ta caliente, tan sensual…
Mi derecha echa mano de nuevo del látigo, golpeando con fuerza mi espalda desnuda. Mis muslos. Mi vientre. Ninguna parte de mi anatomía está a salvo de los golpes.
La sangre en mis labios, las heridas de mis muslos y mi brazo, los repetidos golpes sobre mi piel. Pero aun necesito más, no es suficiente.
Casi con desesperación me enredo entre las tiras del látigo, luchando luego para desatarme, rodando por el suelo dominado por la excitación y el desespero. Quiero desatarme, la sensación de estar atrapado me excita sombre manera. Me vengo, necesito correrme…
Me meto un dedo, retorciéndome en el suelo entre espasmos de placer, sin poder reprimir sonoros gemidos que la mordaza silencia.
Y aun necesito más.
Lo necesito ya. No llego.
En mi armario hay varios dildos, de diferentes formas y tamaños. Los necesito. Necesito tener algo dentro.
Las tiras de cuero me aprisionan. Mi cuerpo no me obedece. Solo se retuerce de placer, casi en éxtasis.
No llego.
Mis dedos se cierran sobre el mango del cuchillo con que me he cortado. ¿Por qué no?

Lo acerco a mi trasero y de un solo golpe meto el mango del arma en mi interior, como si fuese uno más de mis juguetes.

Me desgarra, me rompe. Se siente tan bien…

Lo muevo en mi interior. Rápido, rítmico, repetitivo, mientras mi cuerpo sigue enredándose entre las tiras de cuero, retorciéndose en el suelo por los espasmos de placer.
Mi pene, hinchado hasta resultar doloroso, roza en frío suelo a casa movimiento de mi cuerpo.
Llego al clímax, extasiado por tanto placer. El fuego recorre mis venas. Las descargas eléctricas sacuden mi sistema nervioso, provocándome espasmos y sacudidas de puro placer.
Y justo cuando estoy a punto de llegar al orgasmo, desatando por fin toda mi pasión y excitación acumuladas la puerta se abre, revelando el cuerpo desnudo y el rostro incrédulo de mi novio.
No, no puede ser, no ahora. Mierda.
De un tirón arranco el cuchillo de mi interior y lo lanzo lejos. No podía llegar en un momento peor… ¡Estaba a punto de correrme joder!!!
– Pero… ¿Qué…?
– Nngg… – estúpida mordaza.
Me retuerzo en el suelo para liberarme del agarre del látigo y con movimientos bruscos lanzo la mordaza lejos.
– Yo… Esto… Esto no… – ¡aish! Que puedo decir ahora. – Bueno, si es lo que parece pero…
No sé qué decir. Mierda… Él sigue mirándome fijamente, sin decir nada. Solo me mira, como esperando una explicación. Hasta que de repente las comisuras de sus labios suben, echa la cabeza hacia atrás y estalla en carcajadas.
Se ríe tanto que tiene que llevarse las manos al estomago y las rodillas se le doblan.
Vale, ahora no se qué está pasando… ¿De qué se ríe?
Siento que me suben los colores. Lo que me faltaba. Por suerte en la oscuridad no se ve. Por suerte tiene otras cosas en las que fijarse.
No, espera, creo que eso no es una suerte…
– Vaya, – se ríe aun – nunca me habías dicho que… Bueno, que te gustasen estas cosas.
– Em… Yo…
Se acerca, agachándose junto a mí para ayudarme a desenredarme las largas tiras del látigo que aun me rodean.
Y entonces se gira, y ve el armario. El armario lleno con todos mis juguetes.
– Wow, mas que gustarte pareces un adicto. ¿Por qué no me habías dicho nada?
– Bueno, no es algo que vayas contando por ahí… – respondo incómodo.
Sus ojos se clavan en mi, fijos.
– Soy tu novio ¿Sabes? Hace más de dos años que compartimos cama. No sabía que tuvieses secretos para mí.
Está enfadado, mierda. Él no tenía que enterarse.
– No… No es que sea un secreto… Es solo que… – ¡demonios! No sé cómo debo reaccionar. Me he puesto tan nervioso… – no sabía como contártelo… Es algo vergonzoso.
El no responde, no me mira. Solo murmura un simple “ya”.
Vuelve a mirar al interior del armario, estudiando su contenido.
¡Dios! Esto es demasiado vergonzoso, no puedo…
Entierro el rostro entre las manos, convirtiéndome en una bolita humana.
– ¿Qué es esto?
Levanto la cabeza, curioso. Me mira expectante mientras sujeta entre las manos otro de mis tesoros más preciados.
– Esto… Bueno… Son una especie de esposas… Se enredan en las muñecas y… El nudo es corredero para que la otra persona pueda tirar de ellas y apretar… Ni siquiera sé porque las compré, vaya una estupidez, son para 2 personas y claro, yo… – ¡Ay dios mío!!! Esto es una estupidez, completamente delirante. Giro la cabeza a todos lados, nervioso, incapaz de mirarle a él.
Finalmente y al no recibir respuesta vuelvo a mirarle. Él sigue con la vista fija en la pieza de cuero, con curiosidad.
Una idea cruza mi mente. Una idea delirante.
– Oye, quieres… ¿Quieres probarlas?
Ahora me mira, clavando en mí sus penetrantes ojos azules.
Vale, ha sido una tontería. Había que intentarlo.
– Bueno… em yo… a ti te gusta esto ¿no? y…
No puedo creerlo. ¿Está dudando? ¡Oh dios mío!!!
– O sea, es curiosidad más que nada, nunca he hecho nada como esto…
Está aceptando. Dios mío, está aceptando. ¿Es posible?
Y de repente me emociono, y miles de posibilidades se abren ante mí. Todo lo que siempre he deseado. No tener que esconder más esto, poder compartirlo con él, mi vida.
– ¿Lo harías? ¿Lo probarías conmigo? Por favor.
Hasta ahora no me había dado cuenta de cuánto deseo compartir esto con él.
Su cara es un poema. Duda, desde luego. No es algo muy normal, y menos para él, que es la persona más dulce y tierna que conozco, que tiene un corazón enorme y no soporta ver sufrir a la gente.
Ni siquiera se porque se lo he propuesto, esto no va con él.
Pero si va conmigo, y yo le quiero tanto…
Y ahora, después de haberlo imaginado, tengo unas ganas locas de hacer esto con él, de tener sexo de la forma que a mí me gusta. Disfrutarlo al máximo, con él.
– Porfa…
– Yo… No sé si… – él suspira, y aparta la mirada, sincerándose. – quiero hacerte feliz, amor, y veo que te gusta esto, pero… no sé si me atreveré. Sabes que no soporto hacerte daño.
Si es que es un amor… ¡aish!
– Pero… ¿si yo te lo pido? – me acerco aún más a él y le sonrió, coqueto, – piensa que lo haces por mi… – sigue dudando, evidentemente le molesta la idea de dañarme. Me acerco aún más y beso su cuello, susurrándole a la oreja. – Yo te guiaré, te diré qué hacer en cada momento, solo déjate llevar, haz lo que yo te diga…
Sigo besando su cuello y él cierra los ojos, disfrutando de mis caricias.
– Vamos… Hazlo por mí…
Me acerco aún más a él, pegando nuestros cuerpos, moviéndome para provocar que se rocen.
Un gemido escapa de sus labios y gira el rostro buscando los míos, ansioso por besarme.
Me aparto un poco, jugando.
– No no no. Vamos a hacerlo a mi manera…
Le sonrío pícaro, esperando alguna señal suya que me indique que acepta el juego, que puedo seguir.
Y finalmente él asiente, con un suspiro de resignación y una enorme sonrisa.
Y yo sonrió aun más, viendo cumplido mi deseo.
Ahora sí, beso sus labios con pasión, saboreando su boca y disfrutando del contacto con su lengua.
Mientras mis manos buscan a tientas las esposas que antes ha cogido él.
– Átame. – le ordeno.
Y él lo hace, obediente. Pone las tiras de cuero alrededor de mis muñecas y me coge en brazos cargándome hasta la pequeña cama en el centro de la habitación.
Me deja ahí, con sumo cuidado, para luego pasar las tiras de cuero por detrás de los barrotes del cabecero y tirar de ellas.
– Mas fuerte…
– Amor yo…
– Mas fuerte… – sigo insistiendo yo.
El dolor, la forma como el cuero aprieta mi piel, sumado a sentir su cuerpo sobre el mío, sus labios en mi cuello, nuestras erecciones rozándose, la visión de sus músculos trabajados mientras las esposas aprietan mis muñecas… Si, ahora está todo. Ahora me siento completo.
– Eso… Lo de mi pierna… – consigo decirle entre jadeos. – ¿Ves la tira de pinchos?
El levanta la cabeza y mira adonde yo le indico, pero al ver la tela de tiras entretejidas con pinchos que aun llevo puesta frunce el ceño. Disgustado.
– Apriétalo…
– No creo que…
– Hazlo.
– Hay demasiada sangre.
– Pues bébetela.
Joder, ¿Por qué le habré dicho eso? ¡No puedo decirle eso! ¡No a él!!! Tiene unos límites, y a este paso va a hartarse de mí.
Respiro hondo e intento calmarme, tranquilizándome para decirle que retiro lo dicho, que no es necesario que lo haga.
Pero antes de que una sola palabra llegue a salir de mi boca siento sus manos en mi muslo, desatando la tela para apartarla con cuidado. Y luego su lengua resiguiendo las heridas. Lamiendo cada una de las punciones.
¡Oh si…! Eso es, ahí… ah… como me pone… ¡Ah! ¡Dios! Su lengua… Que placer tan indescriptible… Si hubiese sabido que podía sentir tantas cosas se lo hubiese pedido antes.
Un suave cosquilleo sube por mi muslo, recorriendo todo mi cuerpo, encendiendo mi deseo y provocándome una excitación como nunca antes.
No puedo evitar los gemidos que escapan de mis labios sin control. No puedo controlar mi cuerpo que se retuerce de placer bajo sus fuertes brazos. No puedo detener mis manos cuando, moviéndose solas, se posan sobre su cabeza y le empujan, provocándole a actuar con más fuerza.
Sus lamidas se transforman en succiones, mis gemidos en auténticos gritos de placer. Puedo sentir sus dientes sobre mi piel herida. Mi sangre escapando de mi cuerpo para entrar en su boca y mezclarse con su saliva.
El cosquilleo aumenta, chispas eléctricas recorren todo mi cuerpo, hay fuego en mis venas.
– ¡Más! ¡Más! – le pido a gritos.
– ¿Que deseas ahora?
Jadeo con fuerza, más excitado que nunca, incapaz de pensar.
Él espera mi respuesta besando mi pecho con cariño.
– El látigo, el corto. – consigo decir al fin.
Y él se levanta, alejándose de mí, dispuesto a cumplir mi orden.
– ¿Este?
No lo sé. No lo veo. ¿Qué más da?
– Si.
¿Qué coño me importa que maldito látigo sea? solo quiero sentirlo, sentirte…
Llega junto a mi y se sienta sobre mi cuerpo. Yo me giro, aun atado y jadeando, con mi cuerpo ardiente cubierto en sudor, ofreciéndole mi espalda.
– Vamos… Hazlo…
No aguanto más… Apresúrate, voy a estallar…
Siento varios golpes contra mi espalda. Las numerosas tiras del látigo impactando contra mi piel.
– ¡Más fuerte! – otro golpe, más potente que el anterior. – ¡Más! – y obedece de nuevo. – ¡¡¡MÁS!!!
Y esta vez consigue arrancarme un profundo grito de dolor. Mi cuerpo se sacude, demasiado excitado, demasiado necesitado de más.
– Sigue… ¡Ah! Más… Abajo… ¡AH! Ahí… Más fuerte… ¡¡¡AHH!!!
Mi voz, cada vez más aguda por la excitación desgarra el silencio de la habitación
El silbido, el chasquido, mi grito. El mismo sonido una vez y otra.
– Más… Más…
Y el cumple todas mis órdenes, satisfaciéndome, hacerme sentir en el cielo, con el calor mas infernal y el sentimiento de lujuria más potente que he experimentado hasta ahora…
– ¡Ya! Déjalo… – le detengo al fin. – quiero sentirte… A ti… Dentro.
– Voy a por… – se levanta.
– ¡NO! – ordeno. – ¡AHORA! ¡¡¡YA!!!
Y al fin le siento. Grande, hinchado, abriéndose paso dolorosamente en mi interior. Duele, Duele horrores, me rompe. Quiero más.
Inmediatamente muevo mis caderas, provocándole a hacer lo mismo, pronto ambos nos movemos uno contra el otro, sincronizadamente, profundizando las bruscas embestidas a cada movimiento.
Tiro de las correas de las esposas y se las muestro, indicándole que tire de ellas. Y de nuevo obedece, con más fuerza que antes, apretando el cuero contra mi piel, destrozando mis muñecas.
– ¡AH!!! ¡MÁS!!! ¡AHÍ!!!
Cuando siento como alcanza lo más hondo de mi interior ya no puedo dejar de gritar. Me muevo con más fuerza aún. Más brusco, más rápido.
– Pégame.
– ¿Qué…?
Se detiene.
– ¡¡¡QUE ME PEGUES!!!
Pero yo no dejo de moverme. No puedo dejarlo ahora, no puedo dejar de sentir. Y finalmente siento que se mueve de nuevo, y su palma abierta contra mis nalgas.
– ¡Ahí!!! ¡Más!!!
Ahora ya no ordeno, suplico, porque necesito correrme de una vez, ya no aguanto más la excitación, es doloroso…
Y entonces siento su mano en mi entrepierna. No me había tocado hasta ahora. Y me aprieta, me aprieta con fuerza. Impidiéndome una vez más terminar.
¡LO NECESITO!!!
– Aún no… Yo no estoy…
Me suelto de las muñecas, le aparto y salto hacia atrás. Girándome. Y le ataco, inmovilizando sus manos con las mías junto a los barrotes de la cama.
Me siento sobre él, acogiéndole de nuevo en mi interior, moviéndome otra vez de forma brusca y apasionada, siendo yo ahora el que lleva el ritmo.
Pero no aguantaré mucho más. Las chispas ya resultan insoportables, el fuego me abrasa, y mi erección palpita, dolorosa hasta límites insospechados. Ya no puedo aguantarlo más.
Clavo las uñas en su pecho, obligándome a mi mismo a aguantar un poco más, moviéndome cada vez con más fuerza para llevarle conmigo al orgasmo.
Nuestros cuerpos chocan, nuestros gemidos se entremezclan, nuestras manos recorren con avidez la piel del otro.
Hasta que finalmente siento su semilla invadir mi interior, su esencia llenándome, su excitación fluyendo hacia mí.
Y al fin me dejo ir. El blanco líquido escapa de mí y se esparce por nuestros cuerpos, llevándose con él toda mi energía.
Caigo sobre su cuerpo, sintiendo aun los violentos espasmos y el placer del potente orgasmo. Respiro hondo, jadeo, me remuevo intentando relajarme.
¡Dios! Que potencia… Nunca había sentido nada igual… Tardaré un rato en poder reaccionar…
Pero siento sus brazos envolviéndome, protectores.
Ahora vuelve a ser el chico protector y cariñoso de siempre, pero antes, durante unos segundos, se ha transformado en la bestia sádica que yo necesito, que me ha hecho sentir todo esto y que, espero, pueble mis sueños a partir de ahora.